Narraciones de la Amazonía

37 mucha comida; pero los niños picuritos también pueden ser comida de los enemigos. “La ley de la selva es la reciprocidad: ayudarse uno al otro, y no puedo negarme a darle posada”, piensa el señor picuro. ―Puedes quedarte en la casa mientras pase el invierno. Solo te pido que vigiles a mis dos pequeños porque yo y mi esposa vamos a salir al bosque a buscar alimentos ―le contesta con amabilidad y cortesía. La señora shushupe sonríe agradecida y mueve con cierta torpeza su cola en señal de amistad, luego con su gran cuerpo penetra en la casa siguiendo al señor picuro, quien se adelanta para presentar a sus dos hijos y su esposa a la nueva inquilina. ―Les presento a la señora shushupe. Ella vivirá en la casa mientras pase el invierno ―anuncia el señor picuro a su familia. Su esposa asiente con la cabeza y los niños, con los ojos sorprendidos y vivísimos, comentan: ―Ella no es como nosotros. Es larga como una soga. ―Ella es un habitante del bosque como nosotros. Es larga como toda su familia ―explica el señor picuro. ―Ocupará el cuarto del fondo, allí donde guardamos los alimentos ―agrega. La casa de la familia picuro es subterránea. La pareja ha tardado más de un mes en excavarla. Tiene varios niveles y cuatro habitaciones. Precavidamente, la casa ha sido construida con una puerta de entrada y otra de salida. La de salida es usada en situaciones de emergencia como puerta de huida y fuga cuando los enemigos atacan. Para engatusar a sus enemigos, en especial al perro del hombre, la familia picuro había conseguido que su amiga, la señora araña, haga su casa en la puerta, para dar la impresión de abandono y de que la casa estaba deshabitada; pero esta treta no había servido de mucho ante el potente olfato del perro del hombre que percibía el fuerte olor de la familia picuro; por lo que el can penetraba en la casa ladrando, con los colmillos amenazantes. La señora shushupe y el señor picuro

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