―Tengo que apuntarle en la cabeza para no malograr la piel ―musitó el cazador. Fue avanzando cautelosa y silenciosamente para acortar la distancia. ―Tendré que meter los pies en el agua para lograr una buena posición, porque el disparo tiene que ser seco y certero en la cabeza ―se dijo. Estaba a solo quince metros de distancia y se preparó para efectuar el disparo. Se había remangado el pantalón y había metido las dos piernas en el agua hasta las rodillas. Sus dos pies descalzos rozaban las arenas. “Me encantan los lobos de río dormilones. Eso te pasa por comer demasiado. Te estás hinchando con el sol”, pensó el cazador, sonriendo. Acomodó la culata de la escopeta en el pecho y apuntó en la cabeza del lobo de río. El sol resplandecía sobre el cañón del arma. ―Van a matar al lobo de río ―gritaron los peces y huyeron en estampida. ―Pobrecito, aunque es orgulloso y cruel, creo que merece seguir viviendo como todos nosotros ―dijo con compasión el humilde bujurqui. El lobo de río y el pez
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