por puro placer. Con sus fuertes brazos nadaba y buceaba a gran velocidad persiguiendo a los peces. Los cogía de la cola y los arrojaba a la orilla del río, donde los peces morían por falta de oxígeno y luego eran picoteados por las aves rapaces. Otras veces, “para ahorrarles dolor”, según decía, atrapaba a los peces, les hincaba los afilados dientes en la cabeza y los dejaba agonizando. ―Así le ahorro energía al lagarto negro, que ya no tendrá necesidad de ir detrás de los peces ―decía con autosuficiencia. A mediodía, luego de comer abundantemente, el lobo de río salía para asolearse y retozar sobre un árbol de shihuahuaco, muerto y seco a orillas del Palma Real. Así estaba un día de junio, en vísperas de las fiestas de San Juan, cuando un cazador de lobos de río lo vio recostado y semidormido sobre el grueso tronco. Como era mediodía no había pájaros para advertirle del peligro en que se encontraba. Todo el mundo sabe que a mediodía, cuando el sol brilla muy fuerte, todos los habitantes del bosque, huyendo del calor, buscan la frescura y la tranquilidad entre el ramaje de los árboles gigantes. “Este será un gran día para mí en vísperas de San Juan”, pensó el cazador de lobos de río, parapetado detrás de las aletas de un ficus que los lugareños lo conocen como renaco. Revisó su arma, una escopeta con detonador de un cartucho con 25 municiones. El lobo de río y el pez
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx