16 El chullachaqui, dios ecológico del bosque Lo mismo hace con los cazadores de monos. Se transforma en un hermoso mono choro o una maquisapa y se hace perseguir por el cazador hacia el interior del bosque. Allí desaparece de la vista de este que, al final, pierde no solo al mono, sino también la trocha para regresar. El chullachaqui también puede transformarse en un paujil, la gran ave del tamaño de un pavo que vive en el corazón de la selva, para engañar a los cazadores ambiciosos y llevarlos a lo más profundo del bosque y dejarlos perdidos. El chullachaqui también hace su chacra en medio del bosque. Muchas veces se puede escuchar, en plena selva, un golpe seco de machete o de hacha como de alguien que está trabajando en el bosque. Es el chullachaqui que está haciendo su chacra. ―Don Oroma, ¿usted ha visto alguna vez un chullachaqui? ―preguntó Camuchín, interrumpiendo el relato del viejo, sin poder contener su curiosidad. Los demás muchachos estaban muy atentos, imaginándose estar en el bosque, siguiendo las huellas de los pies desiguales. ―Sí, he visto no solo una, sino varias veces al chullachaqui. Les voy a contar sobre aquella vez que me encontré con él y que se transformó en mi hermano Otoniel. Vengan todos conmigo ―dijo y comenzó su relato. Era el mes de enero de un año que recuerdo muy bien, que se ha quedado fijo en mi memoria porque ese año el río Amazonas se desbordó, creció como no lo había hecho en mucho tiempo, inundando las chacras y las casas en todos los pueblos. Con la naturaleza que cambia y se transforma, también cambia la vida de los hombres, porque, como ustedes saben, la vida del hombre en el río y en el bosque tiene dos etapas muy marcadas: el invierno y el verano, las dos únicas estaciones que conocemos del clima y que también son estaciones de nuestras vidas. En ese mes de enero, solo conocíamos el agua y el bosque inundado. Solo había tierra en la restinga, una parte alta del bosque donde los animales habían buscado refugio. Tomé mi canoa y me dirigí a la restinga para buscar tortugas motelos y huevos de perdiz. Desde que puse los pies en la restinga, mientras caminaba por la hojarasca húmeda del monte, presentí que algo extraño me iba a pasar. El primer aviso
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