Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Sara Beatriz Guardia 397 los partidos, su l gica competencia y elecciones peri dicas, porque incluye la participaci n directa de la sociedad civil organizada. Apunta a la transformaci n de la estructura organizativa de la sociedad para convertirla en una sociedad donde no existan exclusiones de raza o sexo. Significa tambi n, una propuesta y una forma de vida. “Si las personas, dice Held, saben que existen oportunidades para una participaci n efectiva en la toma de decisiones, es probable que crean que la participaci n merece la pena, y que además defiendan la idea de que las decisiones colectivas deban ser obligatorias. Por otro lado, si las personas son sistemáticamente marginadas y/o pobremente representadas, es probable que crean que rara vez se tomaran en serio sus opiniones y preferencias”7. Por ello, la democracia debe incluir cuestiones relativas al poder, a la reforma del estado, y a la reestructuraci n de la sociedad civil. Una reestructuraci n donde el principio de autonom a, que implica la capacidad de todos los seres humanos, hombres y mujeres a participar en la vida pública y forjarse como seres libres, posibilite la transformaci n interdependiente tanto del estado como de la sociedad civil. Lograda la igualdad jur dica, quedaba por delante la lucha de las mujeres por ejercer este derecho y acceder a una plena participaci n pol tica como ciudadanas. Es decir, cambiar las prácticas y ejercer realmente los poderes y las libertades tan duramente conquistados8. Actualmente, las mujeres tienen una mayor presencia en el espacio pol tico y en la consolidaci n de la democracia. Pero aún existen diferencias en el acceso a la educaci n, una práctica no igualitaria en la divisi n social del trabajo y los puestos de direcci n; tambi n en las funciones y tareas al interior de la familia, en el espacio público y en el acceso a cargos de responsabilidad pol tica. As mismo, enfrentan una situaci n compleja signada por elementos de cambio en contraposici n con la continuidad de viejas herencias. La misma sociedad se mueve saturada de contradicciones. La profusa migraci n rural que marc la d cada del sesenta a todos los pa ses de la regi n, ahora trasciende las fronteras nacionales en lo que se ha denominado: “migraci n de la miseria”. Como se ala el informe del Foro sobre Migraci n, 7 David Held. Modelos de democracia. Madrid, 1991, p. 312. 8 Anne-Marie Käppeli. “Escenarios del feminismo”. En: Michelle Perrot y Georges Duby. Historia de las mujeres. Tomo VIII. Madrid, 1993.

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