Sara Beatriz Guardia 281 el Cabildo eclesiástico y por cinco votos contra tres se determin que la madre Leonor no poda ser reelegida. Ésta apel a la Real Audiencia, al virrey y a los oidores, y despu s de una larga controversia se dispuso una nueva elecci n. El d a se alado por el jurado sali elegida la madre Leonor con ochenta y un votos y la madre Antonia, con setenta y uno. Pero el provisor, que esperaba la victoria de la madre Antonia, anulo la elecci n y nombro presidenta a la madre Urrutia. Pronto el virrey le orden que si en ocho horas no designaba a la madre Omontes como abadesa, lo enviaran a Espa a. “Nada de pa os tibios ni emolientes. Al grano, que en este caso es el bolsillo, all , donde duela, pens su excelencia el virrey, y pens bien; porque, a las cuatro de la tarde del 15 de febrero, los can nigos todos, más suavecitos que guante de ámbar, hicieron reconocer por abadesa de Santa Clara a la madre Leonor Omontes”27. En “Historia de una excomuni n”, Ricardo Palma destaca el autoritarismo de algunos sacerdotes y el poder del dinero en un relato que se inicia el 4 de Junio de 1747, cuando entr a la Catedral do a Antonia Pe aranda, esposa del abogado don Pedro Echevarr a. “Era do a Antonia se ora de muchas campanillas, persona todav a apetitosa, que gastaba humos aristocráticos y tenida por acaudalada, como que era de las pocas que vestan á la moda de Lima, de donde la venan todas sus prendas de habillamiento y adorno. Acompa ábala su hija Rosa, ni a de nueve a os”28. Apenas hab a empezado la misa cuando el se or Arcediano grito: “¡Fuera esas mujeres que tienen la desvergüenza de venir con traje profano á la casa de Dios!” Do a Antonia le respondi que no sab a que el mandato era tambi n para su peque a hija y que no hab a tenido tiempo de hacerle saya nueva. Pero en vez de calmarse, el se or Arcediano sigui gritando. El da siguiente en la puerta de la Catedral un cartel anunciaba que Antonia Pe aranda haba sido excomulgaba por los insultos proferidos al se or Arcediano. Regidores del Cabildo, el superior de los jesuitas, el comendador de la Merced y varias se oras del Cusco, solicitaron que se levante la censura. Pero el Provisor respondi que no habr a inconveniente, siempre que la excomulgada pagase la multa de doscientos pesos. Cum27 Ib dem, p. 337. 28 Ib dem, p. 365.
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