Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Sara Beatriz Guardia 141 “Lo cual, sabido por el gobernador y sus capitanes, les caus admiraci n y nuevo agradecimiento de ver que aquella se ora india no se hubiese contentado con el servicio y regalo que con tanto amor y voluntad en su casa y tierra les hab a hecho, sino que tambi n hubiese prevenido las ajenas. (…) Con estas grandezas de ánimo generoso, y otras que con sus vasallos usaba, según ellos las pregonaban, se mostraba mujer verdaderamente digna de los estados que ten a y de otros mayores, e indigna de que quedase en su infidelidad. Los castellanos no le convidaron con el bautismo porque, como ya se ha dicho, llevaban determinado de predicar la fe despu s de haber poblado y hecho asiento en aquella tierra”22. Mientras que en el segundo tomo de Los Comentarios una mujer no vacila en hablarle directamente al Inca Huayna Capac, a fin de salvar a su pueblo. Enterada del peligro que corr a su gente, sali apresurada “acompa ada de otras muchas mujeres de todas edades, sin consentir que hombre alguno fuese con ellas, y fue al encuentro del Inca; al cual hall a casi dos leguas de Cajamarquilla. Y postrada a sus pies, con grande ánimo y valor le dijo: “Se or, ¿d nde vas? ¿No ves que vas con ira y enojo a destruir una provincia que tu padre gan y redujo a tu Imperio? ¿No adviertes que vas contra tu misma clemencia y piedad? ¿No consideras que ma ana te ha de pesar de haber ejecutado hoy tu ira y solo quisieras no haberlo hecho? ¿Por qu no te acuerdas del renombre de Huacchaciiyac, que es amador de pobres, del cual te precias tanto? ¿Por qu no has lástima de estos pobres de juicio, pues sabes que es la mayor pobreza y miseria de todas las humanas? Y aunque ellos no lo merezcan, acu rdate de tu padre, que los conquist para que fuese tuyos. Acu rdate de ti mismo que eres hijo del Sol; no permitas que un accidente de la ira manche tus grandes loores pasados, presentes y por venir, por ejecutar un castigo inútil, derramando sangre de gente que ya se te ha rendido. (…) y sino te dignas concederme esta petici n, a lo menos conc deme que, pues soy natural de esta provincia que te ha enojado, sea yo la primera en quien descargue la espada de tu justicia, porque no vea la total destrucci n de los m os”23. 22 Garcilaso de la Vega. La Florida del Inca. Lisboa, Libro Tercero. Cap tulo XIX, pp. 215-216. 23 Comentarios Reales. Tomo II. Libro Noveno. Cap tulo VII, 1976, pp. 221-222.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx