Miguelina

95 —Como todos los que estamos reunidos aquí, somos picureros y salimos a picurear a las mismas horas —soltó don Jairo Tutusima, provocando la risa de sus amigos sobre el doble sentido de sus palabras. —¿Y los peces, papito, también salen a buscar comida al amanecer y al atardecer? —preguntó Miguelina. —Los peces de los ríos, lagos y quebradas de la Amazonía también cumplen las mismas leyes de la naturaleza. Salen a buscar sus alimentos al amanecer y al atardecer, para cenar antes de dormir. Por eso también los fisgas, o sea los mejores pescadores, lo mismo que los mitayeros o cazadores, salen a anzuelear y a cazar en las mañanitas y en las tardecitas —explicó don Miguel a su hija Miguelina. Poco a poco sus recuerdos se fueron diluyendo, y su memoria e imaginación se convirtieron en sueños y, otra vez, como siempre ocurría desde que se mudó a París, y luego a Berlín, soñó que estaba navegando por el lago Cuipari, deslizándose como un gran pez, una doncella, en una balsa sobre el río Huallaga, viajando a un puerto, a una ciudad, a un país llamado «Destino». Se despertó suavemente cuando su madre, doña Grimanesa, le dio unos golpecitos en el brazo, diciéndole: —Miguelinita, Miguelinita, están sirviendo el almuerzo —su madre le mostró el menú. —¿Tú qué vas a pedir? —le preguntó a su madre. —Voy a pedir un rösti, que es una tortilla frita en mantequilla, y un zumo de manzana —respondió doña Grimanesa. —Yo lo mismo, pero además una tajada de queso gruyère, y si hubiera pan… —En el menú hay un pan de especias que se llama biberli —le indicó su madre. —Entonces también el pan —pidió Miguelina. —Después de almorzar, ambas reposaban plácidamente en una especie de concurso de bostezos. Pocos minutos después, madre e hija dormían plácidamente.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx