94 —¿Por qué no entramos al río Amazonas y navegamos con rumbo al Huallaga? Quiero que conozcan mi pueblo Yurimaguas —les pidió. Humboldt y Bonpland la miraron con amabilidad y sorpresa. Seguidamente Humboldt abrió un baúl de metal de donde sacó un gran plano marcado por líneas y puntos de colores, y apuntando a esas líneas con su dedo índice le dijo: —Este es nuestro plan de viajes y de trabajo. No podemos cambiarlo. Pero si terminamos este recorrido y nuestras investigaciones, podríamos darnos un tiempo para ir a Yurimaguas —le respondió. —Los seres humanos, y mucho más los científicos, tenemos un proyecto de vida, una hoja de ruta que debemos cumplir —reflexionó el sabio. —Yo también estoy construyendo mi proyecto de vida, mi destino, y nadie me desviará de esa hoja de ruta. De ese destino —expresó Miguelina, con convicción y firmeza. «Ahora ya sé el secreto de cómo se transforma uno en sabio: hay que ser como un niño o una niña», pensó y se imaginó a Humboldt atrapando gusanitos, observándolos con curiosidad, con su lupa, con sus instrumentos, tratando de averiguar el secreto de las vidas de esos pequeños seres que, como lo había explicado su profesor, Aristóteles Alegría, tienen un rol, una función en la naturaleza. Entonces, imaginariamente, volvió a Yurimaguas y a su niñez, a los siete años. Tarde, ya casi al anochecer, salió a caminar por la gran huerta de su casa, poblada de árboles frutales, caimitos, taperibas, ubus y gordos troncos de pan de árbol. Escuchó un leve ruido sobre las hojas, la hojarasca del suelo, el ruido se hizo más fuerte y repentinamente vio que una serpiente avanzaba en la misma dirección que ella. Lanzó un grito y corrió, tropezándose y cayéndose al patio donde su padre dialogaba con sus amigos, aprovechando el frescor de la tarde. Mientras la tranquilizaba acariciándole el cabello y dándole de beber agua fresca para que le pasara el susto, su padre, don Miguel Acosta Sánchez, le dijo a modo de advertencia: «Los animales del bosque, aves, mamíferos, reptiles, insectos, todos, salen al amanecer y al atardecer de sus refugios, casas, nidos, a buscar alimentos. Por eso, los mitayeros, los cazadores, salen a cazar a esas mismas horas».
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