96 Se despertaron bruscamente cuando el tren empezó a pitar, anunciando su llegada a la estación central de Zúrich. Cuando el tren se detuvo, madre e hija miraron con atención a la multitud que esperaba en la estación. —Me parece familiar este ambiente, mamita —le dijo Miguelina a su madre, para luego añadir— son iguales a las estaciones de París y de Berlín. También escucho hablar a la gente en francés, italiano y alemán. —Ambas miraban fija y atentamente a la multitud, de repente Miguelina exclamó: —Mamita, ahí está el señor Calvo de Araujo, el del cartelito con nuestros nombres —dijo Miguelina, apuntando con la mano hacia un hombre joven, ni muy bajo ni muy alto, de cabello castaño y barba rojiza. A su lado estaba una mujer, también joven y rubia. Madre e hija se acercaron a la pareja y, cuando el joven barbudo advirtió la presencia de ambas, lanzó un «¡Oh, oh!» de sorpresa, y se aproximó a ellas y preguntó amable y emocionado: —¿Doña Grimanesa y la señorita Miguelina? —Sí, las mismas —respondió sonriente Miguelina, y se dieron un gran abrazo. —¡Este es un abrazo amazónico y yurimagüino! —exclamó Javier. —Ella es mi novia, Margarita Phillips —dijo presentando a la joven que le acompañaba, quien extendió la mano con cordialidad a doña Grimanesa y Miguelina. —¿Traen maletas? —preguntó Javier, y antes de que doña Grimanesa y Miguelina respondieran, dijo: —Seguro que tienen maletas. Vamos a recogerlas —manifestó y avanzó al interior de la estación, a la sección de equipajes. Ya con las maletas colocadas en un pequeño carrito, Javier consultó a doña Grimanesa: —Hay dos formas de ir a Augustinergasse, la calle en que está la casa donde vivirán. En un rössutran, o sea un tranvía de caballito, o en un tren eléctrico —les consultó Javier.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx