93 Apenas partió el tren, Miguelina sacó de su bolso de chambira un regalo de Pamelita Apagüeño, que le acompañaría por el resto de su vida: uno de los treinta tomos de Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente de Alexander von Humboldt, precisamente el tomo donde el científico alemán narra su travesía, investigaciones y descubrimientos con su compañero Aimé Bonpland por América del Sur. —¿Cuántas horas hay de aquí a Zúrich? —le preguntó Miguelina a su madre, con un tono más animado ya. —Son ocho horas de viaje, Miguelinita. Estamos saliendo a las siete de la mañana y llegaremos a las tres de la tarde. Tienes tiempo de mirar el paisaje, leer tu libro y dormir. —No tengo sueño ni muchas ganas de mirar el paisaje, que parece el mismo todo el tiempo. Ojalá fuera el paisaje amazónico, de ríos, bosques, animales, lluvias, un paisaje que está cambiando todo el tiempo... —reflexionó Miguelina, para luego preguntar nuevamente: —¿Te acuerdas lo que dice papá sobre el paisaje y el clima amazónico? —No me acuerdo, ¿qué dice tu papá sobre el paisaje y el clima de la Amazonía? —inquirió doña Grimanesa con curiosidad. —Dice que lo más parecido al clima amazónico es el carácter y el humor de la mujer amazónica: en un instante puede estar apacible y tranquila, pero de repente aparece la tormenta con rayos y truenos, como el cielo amazónico —repitió sonriente. —Tu papá me conoce bien, por eso hace esa comparación —dijo doña Grimanesa, y ambas rieron con ganas. Madre e hija se sumergieron en un tranquilo silencio. Doña Grimanesa miraba el paisaje de campos de cultivo, casas solitarias y pueblos que parecían repetirse interminablemente. Miguelina, por su parte, se sumergió en la lectura del libro de Humboldt, y se imaginó estar acompañando al científico alemán por el río Orinoco, entrando y navegando por el río Casiquiare, la entrada a la Amazonía. En un momento del viaje, les preguntó a Humboldt y a Bonpland:
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx