Miguelina

92 La fiesta terminó cuando todos los asistentes firmaron un documento de compromiso, de por vida, para defender la Amazonía. El texto, redactado por Miguelina, terminaba así: «La Amazonía es el pulmón del planeta Tierra. Sin ella la vida, la humanidad, no podrían sobrevivir. Juro defender la Amazonía». A la fiesta navideña solo fueron invitados don Segundino Cumapa y Evita Gunkel. Miguelina, doña Grimanesa, don Segundino y Evita nunca más olvidarían esa Navidad, porque Miguelina Acosta Cárdenas les había contado el mayor secreto de su vida y pidió, como juramento, a su madre, a don Segundino Cumapa y a Evita Gunkel, que guardaran el secreto por el resto de sus vidas. Aunque don Segundino Cumapa y su esposa Evita Gunkel trataron de crear una atmósfera alegre, Miguelina tenía los ojos tristes y la mirada sombría. Doña Grimanesa, por el contrario, se mostraba serena y cordial. —No estés triste, Miguelinita. Nos volveremos a ver pronto. Hemos acordado con mi esposa, Evita, visitar el Perú en dos años que pasarán volando. Vamos a visitar la Amazonía, Yurimaguas por supuesto y también iremos a Lima. Te volveremos a ver a ti y a tu mamita, ya sea en Yurimaguas o en Lima —prometió don Segundino Cumapa. Miguelina sonrió, pero sus grandes ojos pardos seguían humedecidos. En la estación de partida siguió en silencio. Doña Grimanesa, mirando el gran reloj de la estación dijo: —Creo que llegó la hora de subir al tren. Faltan quince minutos, pero aquí los trenes son muy puntuales. —No se olvide, doña Grimanesa, que cuando el tren llegue a la estación de Zúrich, a las tres de la tarde, estará mi amigo Javier Calvo de Araujo esperándolas. Lo reconocerán porque tendrá un cartelito en la mano con los nombres de ambas —y diciendo estas palabras, tanto él como su mujer, Evita Gunkel, les despidieron con efusivos abrazos. —Buen viaje y no olviden enviarnos un telegrama cuando lleguen a Zúrich —repitieron al unísono.

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