89 —¿Cómo es Lima, mamita? —le preguntaba con frecuencia a su madre. Doña Grimanesa nunca había estado en Lima. Pero le contaba historias de los yurimagüinos que habían ido a Lima y luego volvieron, y de otros que fueron y nunca más retornaron a la Amazonía. —Dicen las malas lenguas que la ciudad de Lima es como una gran boa que echa hilo, envuelve y engulle a los que no han nacido en ella —respondía entre ironía y broma doña Grimanesa. —Mamita, a mí no me tragará esa boa. Yo la tragaré a ella —respondió Miguelina, desternillándose de risa. La proximidad de su cumpleaños número dieciséis, el 26 de noviembre, le despertaba a Miguelina mucha curiosidad. Por su cabeza de adolescente pasaban y se cruzaban muchas ideas. Se hacía a sí misma muchas preguntas. Aunque ya sabía la profesión que había elegido y su compromiso con la justicia ya estaba sellado, algunas dudas le asaltaban el pensamiento: ¿Podré seguir firme en mi propósito?, ¿habrá algo que me hará cambiar?, se preguntaba con inquietud. —Mamita, ¿cómo eras tú a los dieciséis años? ¿A esa edad qué pensabas de tu vida? ¿Llegaste a cumplir tus deseos? Su madre, entonces, le contaba episodios y capítulos de su vida de adolescente yurimagüina, cuando también soñaba con estudiar, casarse, tener hijos y ser una esposa y madre feliz, tal como su madre, doña Agripina, le había aconsejado. En Yurimaguas, a los dieciséis años, nuestro destino era fijado por nuestros padres, aunque como se dice, «el hombre propone y Dios dispone». Podían ocurrir muchas cosas en la familia. Yo recuerdo a muchas de mis compañeras de la escuela cuyos sueños se convirtieron en pesadillas, por causas que ellas nunca imaginaron: porque sus padres fallecían, o porque una de ellas «metía la pata», y a los trece o catorce años empezaban a tener hijos, a ser madres. Había, además, mucha pobreza y no todas tuvieron la suerte que yo tuve —narró doña Grimanesa. —¿Por qué no cumpliste tu anhelo y tu proyecto de seguir estudiando? —preguntó Miguelina.
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