Miguelina

87 —Déjenme ir, déjenme ir, yo no he robado nada —clamaba la joven. Entonces, Miguelina bajaba de un salto de la canoa hacia la orilla del río, y corría con dirección a la escena del castigo y tortura de la muchacha, y se abalanzaba contra el torturador, diciendo: —No la mates, no la mates, porque el peso de la ley y la justicia caerá sobre ti —repetía Miguelina. Algunas veces, los torturados por Fonseca y otros capataces eran hombres jóvenes, acusados de no haber cumplido las tareas asignadas de recolección del látex de la shiringa. —Indios haraganes, ociosos, van a morirse de hambre —gritaban los capataces mientras descargaban con furia sobre las espaldas de las víctimas un grueso azote de cuero de sachavaca, que en minutos estaban empapados de sangre. —Déjelo, déjelo —ordenaba Miguelina, que en su sueño estaba vestida con una túnica de juez. —La ley y la justicia te harán pagar por tu crueldad y por la injusticia que estás cometiendo —sentenciaba. En esos días, en vísperas de su cumpleaños y de la Navidad, la memoria y la imaginación de Miguelina hervían de evocaciones. Su imaginación volaba sobre los ríos Huallaga, Paranapura y Cachiyacu, y aterrizaba en el misterioso lago Cuipari, donde había estado tantas veces con Pamelita Apagüeño persiguiendo mariposas azules, siguiendo el camino del majaz en el monte, bañándose en las tibias y morenas aguas del Cuipari, vigiladas por elegantes garzas blancas. Una de esas tardes llegó don Segundino Cumapa con una buena noticia: cumpliendo con el pedido de don Miguel Acosta Sánchez, que para él era como una orden, había contactado por radio con un amigo de Zúrich, para que se encargara de buscar una vivienda en un barrio seguro y, además, que inscribiera a Miguelina en un gymnasium, para así continuar sus estudios secundarios.

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