Miguelina

86 solo confirmó las noticias del escándalo ocasionado por el informe del ingeniero Jorge von Hassel sobre la violencia, asesinatos y violaciones contra los indígenas en los campamentos de Julio César Arana del Águila en el Putumayo y sus afluentes, sino mucho más. El Reino Unido venía impulsando sus plantaciones de caucho en sus colonias de Asia y África, y, según advertía don Miguel en su cable, había puesto en marcha una estrategia para arruinar y derrumbar a Julio César Arana del Águila, quebrar la Casa Arana y golpear, de paso, a todos los «barones del caucho» de la cuenca amazónica. El objetivo, pensaba don Miguel, era preciso: convertir al imperio británico en el gran dueño del negocio mundial del caucho. Pero junto a esas malas noticias, que cambiarían la realidad económica, social, política y cultural de la Amazonía, había una que daría un giro de 90 grados a la vida de Miguelina, noticia que a pesar de todo la llenó de alegría. Su padre, don Miguel Acosta Sánchez, anticipándose a los malos tiempos de las vacas flacas que se avecinaban, ordenaba a su esposa Grimanesa retornar al Perú, luego de que Miguelina culminara el ciclo escolar en Suiza, a donde deberían partir luego de los exámenes finales en el gymnasium. La vida en las semanas siguientes fue como el invierno que estaba llegando: gris, nuboso, a veces con lluvias, rayos y truenos. En medio de esta grisura cotidiana solo quedaban dos hechos y acontecimientos que modificarían el clima y la atmósfera de la vida cotidiana: el cumpleaños de Miguelina y la celebración de la Navidad. Después partirían a Suiza. El plan de retorno al Perú provocó intensas emociones en la vida cotidiana de Miguelina y de su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván. Una o dos veces cada noche, doña Grimanesa sacudía y despertaba a Miguelina de sus pesadillas y gritos de «no lo mates, no lo mates». Somnolienta, le contaba a su madre sus pesadillas con imágenes y hechos que se repetían y que eran recurrentes: un duro capataz de Arana, apellidado Fonseca, castigaba a una joven mujer indígena, hiriéndola en la espalda desnuda con hojas de ishanga hasta hacerla sangrar, y ella gritando y pidiendo que la dejen ir a su comunidad, con sus padres.

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