71 —Gracias por venir a despedirnos, primo Manuel y querida Isabelita. Ahora sí, primo, eres más puntual que un reloj suizo, gracias, Isabelita —saludó efusivamente con buen humor doña Grimanesa a la pareja, lo mismo hizo Miguelina. Luego chequearon sus maletas, y se sentaron en uno de los abarrotados cafés de la estación, mientras esperaban el aviso de la partida del tren. —Una vez más quiero reiterarles a ambas que me da mucha tristeza que se vayan, pero órdenes del jefe son órdenes, y hay que cumplirlas —expresó Manuel, y luego añadió, dirigiéndose a Miguelina, mirándola fijamente en sus grandes ojos: —Miguelina, serás el orgullo de todos los Acosta, los Cárdenas, los Vásquez, y de todos los amazónicos. Una voz secreta me dice que serás la Flora Tristán de la Amazonía —expresó Manuel emocionado, y en ese momento el tren anunciaba su partida para dentro de cinco minutos. Se abrazaron y Miguelina le dijo al oído a Isabelita: —Te quiero mucho y nunca te olvidaré. Te pareces a mi mejor y más querida amiga de toda la vida, Pamelita Apagüeño —y sacándose el collar con su buhito, se lo entregó, agregando en voz alta: —Este buhito es para ti, en recuerdo de ella. Ya ubicadas en sus asientos, desde la ventana miraban a Manuel y a Isabelita, que les decían adiós moviendo los brazos. Los cuatro tenían los ojos húmedos y brillosos. El largo viaje de quince horas fue como un sueño para Miguelina, había dormido diez horas durante el trayecto, y esas diez horas estuvieron pobladas de sueños. Volvió otra vez —como venía ocurriendo en sus sueños— a su niñez, de cuando tenía cinco años, y no se desprendía de la mano de su padre, ni siquiera para dormir. Luego aparecían los sueños recurrentes de su adolescencia, las escenas de violencia contra las mujeres, niños y niñas y hombres en los campamentos caucheros, y la cólera y la rabia originadas frente a la impotencia de no poder liberarlos de sus torturadores.
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