72 El tren se detuvo exactamente a las doce del día, hora de Alemania, en la Berlin Hauptbahnhof (Estación Central de Berlín). Antes de descender, doña Grimanesa miró por la ventana del tren con mucha atención, su rostro denotaba preocupación y nerviosismo. De repente soltó un grito y exclamó: —¡Ahí está don Segundino Cumapa, el amigo de tu papá que nos está esperando! Miguelina miró a donde su madre apuntaba con la mano derecha, y vio a un hombre de unos cincuenta años, pequeño, de tez cobriza y el cabello negro y bien recortado, con un cartelito escrito con sus nombres: Grimanesa y Miguelina. —Don Segundino, yo soy doña Grimanesa y ella es mi hija Miguelina —se presentó la madre. —¡Qué gusto, señora! Tengo la orden de mi querido amigo, Miguel Acosta Sánchez, de atenderlas en todo lo que ustedes necesiten, solo tienen que pedírmelo —dijo el hombre con una cortesía muy natural y amazónica. Miguelina miró a los ojos de don Segundino Cumapa y pensó: «Nunca he visto ojos tan negros y tan profundos. Parecen los ojos de una boa echando hilo». Con las maletas ya fuera del tren, don Segundino informó que por indicaciones de su amigo Miguel Acosta Sánchez, ya había acordado el alquiler de un departamento en la calle Arthur Schopenhauer, y también había hecho una reservación de matrícula en un gymnasium de educación secundaria. Mientras el tranvía atravesaba las calles berlinesas, don Segundino contestaba las preguntas de doña Grimanesa y de Miguelina, quienes sobre todo tenían curiosidad por saber desde cuándo y de dónde se conocía con don Miguel Acosta Sánchez, y qué tiempo llevaba viviendo en Alemania. —Esa es una historia que más parece una novela de Julio Verne —contestó con un tono de nostalgia, y contó que su padre y su madre fueron indígenas tupí-guaraní, y de niño fue adoptado por una pareja de esposos alemanes
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