70 Esa noche, antes y después de la cena, doña Grimanesa y Miguelina hicieron una suerte de balance de sus dos años en París. Para doña Grimanesa la estadía parisina de ambas, madre e hija, había sido satisfactoria y con excelentes realizaciones. Miguelina había aprendido a hablar francés, y concluyó dos años de educación secundaria, además de conocer París, haber hecho buenas amistades, y haber encontrado a Manuel Vásquez Montalván y a Isabelita Díaz Gárate. —Estoy de acuerdo con tu balance, mamita. Pero yo agregaría dos hechos más —añadió Miguelina, mientras su madre le preguntaba con la mirada a qué hechos se refería—. Puedo decir que he conocido a Flora Tristán en persona en París, y será mi amiga y maestra hoy y siempre. También, mamita, he aprendido mucho sobre este país, su gente y sus costumbres, sobre todo hablando con los bouquinistes —agregó, para luego continuar sacudiendo la cabeza—: y estaba olvidando algo: esas discusiones y debates que he escuchado en los bouquinistes me han dado una perspectiva más amplia de las cosas, porque esos hombres y mujeres, que son periodistas, escritores, maestros o simples vagabundos o clochards, como les dicen aquí en París, son como los ayahuasqueros de Yurimaguas, que ven el pasado, el presente y el futuro —dijo, y seguidamente preguntó a su madre—: Y para ti, mamita, ¿cuál es tu balance personal?, ¿qué has aprendido en París? —le preguntó, luciendo en su rostro cierto aire inquisitorial, como el de una maestra que interroga a su alumna: —Bueno, para mí lo mejor ha sido estar tu lado estos dos años, verte crecer en todos los aspectos, porque ya eres una linda señorita, también he aprendido a cocinar algunos platillos y potajes franceses, y a hablar un poquito de francés —dijo la madre, para luego quedarse callada. Miguelina rompió bruscamente el silencio materno, preguntando: —¿Eso fue lo mejor que te pasó en París?, ¿y lo peor? ¿Qué fue lo peor que te ha pasado en Francia, mamita? —¿Lo peor?, lo peor ha sido la ausencia de tu padre —respondió con la voz ahogada de tristeza. Madre e hija se abrazaron sollozando. Cuando llegaron a la Estación del Norte a las siete de la mañana (una hora antes de la partida hacia Berlín), ya Manuel e Isabelita estaban esperándolas.
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