66 Tal como había pensado y sospechado doña Grimanesa, la orden paterna de trasladarse a Alemania y Suiza para seguir sus estudios provocó una reacción dura y negativa de parte de Miguelina, quien finalmente aceptó la orden y disposición del padre a regañadientes. —Hay que prepararse desde ahora, querida Miguelinita, no queda otra. Partiremos hacia Berlín después de la Navidad, ya tu padre ha hecho las conexiones y contactos en esa ciudad, incluso la familia peruana que nos acogerá —le informó doña Grimanesa a su hija. La noticia y la orden de abandonar París para trasladarse primero a Alemania y luego a Suiza, para seguir estudiando en esos países la educación secundaria, sumió a Miguelina en un estado de profunda tristeza. Hablaba muy poco y casi no comía; sus hábitos de limpieza y puntualidad habían empezado a quebrarse. Preocupada, doña Grimanesa le llamó un día la atención maternalmente, pero con firmeza y autoridad: —Miguelinita, tu padre ha tomado esta decisión porque está seguro de que es lo mejor para ti. Conocerás otros países, aprenderás otras lenguas y tendrás otros amigos. A mí también me hubiera gustado quedarme en París; ya estoy acostumbrada a esta capital, me gusta su comida, su gente y sus costumbres, más aún teniendo un primo tan querido como Manuel y su novia Isabelita. Al igual que tú, desearía permanecer aquí, pero órdenes son órdenes y hay que cumplirlas —sentenció la madre. Conforme pasaban los días todo fue volviendo a la normalidad. Miguelina recuperó sus hábitos de limpieza y puntualidad, y volvió a ser la cuchara brava, como le solía decir su padre por su buen apetito. Se propuso además despedirse y decir adiós a todos sus amigos bouquinistes, visitar la Tour Eiffel y, sobre todo, volver a hacer el recorrido de las calles y barrios por donde vivió Flora Tristán. —No sé si alguna vez volveré a París, así que antes de partir quiero recorrer mis pasos y sus pasos —le dijo una mañana al despertarse a su madre con cierto aire misterioso.
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