65 —Miguelina, creo que has olvidado algo muy importante, estamos a solo un mes de tu cumpleaños, será tu quinceañero. Tenemos que tirar la casa por la ventana, porque solo una vez en la vida se cumplen quince años —le dijo su madre emocionada. —Mamita, me pasa una cosa muy curiosa. Cuando tenía cinco años ¿recuerdas?, quería que el reloj se detuviera y quedarme congelada en el tiempo, pero ahora quiero que el tiempo corra y vuele para tener veinte, veinticinco o más años de edad —reflexionó. —Eso nos pasa a todos los seres humanos, Miguelinita. A esa edad vives en un paraíso donde tú eres la princesa y anhelas que ese mundo permanezca así; tu padre es el rey y tu madre, la reina. Ahora en cambio, ese paraíso se ha transformado y vives en un entorno de cambios, todo está cambiando y transformándose. Ahora quieres conocer el futuro, por eso deseas que el tiempo pase rápido para descubrir el mundo que se viene. Esa semana, coincidentemente, le llegó un telegrama con carácter de urgente a doña Grimanesa, enviado por don Miguel Acosta Sánchez: «Los precios del caucho están en su tope más alto. Es el momento para que ustedes se trasladen a Alemania y Suiza», decía el mensaje. Al leer el mensaje telegráfico, doña Grimanesa tuvo una doble reacción: por un lado de satisfacción por los buenos precios de la shiringa, que significaba mayores ingresos y dinero para financiar la vida en París y, por otro lado, preocupación, porque sospechaba una reacción negativa de Miguelina, ante la decisión paterna de trasladarse a otro país, lo que significaba aprender otra lengua y el difícil proceso de adaptación a una realidad diferente en todos los aspectos: social, político y cultural. Leyendo y pensando en el telegrama, doña Grimanesa recordó una de las últimas conversaciones con su esposo: «Cuantos más idiomas aprenda y mejor conozca la cultura europea, Miguelina será una mejor profesional, una mejor ciudadana y una mujer con una gran cultura para que los hombres la respeten».
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