Miguelina

64 —Mamita, tienes que entender por qué lo hago, estos meses leyendo en los bouquinistes, charlando con los libreros y escuchando los debates y discusiones de los lectores y visitantes, he aprendido más que en el colegio —respondió Miguelina a su madre. Fue precisamente en uno de esos acalorados debates en las orillas del Sena —donde los contendientes se decían la vela verde— donde Miguelina escuchó por primera vez que, más allá de las apariencias de prosperidad de la Belle Époque, había un mar de fondo que presagiaba hondos cambios políticos y económicos. Los polemistas advertían sobre la posible amenaza de una guerra debido a las disputas entre Alemania y Francia, la áspera rivalidad entre Austria y Rusia y la cada vez más marcada enemistad entre Inglaterra y Alemania. Miguelina, que anotaba datos, fechas y nombres en su libretita, recordaría años más tarde lo que se cocinaba en ese tiempo en la política mundial: «Hablan de una disputa por la riqueza de las colonias, y por qué el crecimiento de los Estados Unidos de América y del Japón son una amenaza para el poder y crecimiento de Europa», había escrito en su libretita. Fue en uno de esos bouquinistes donde encontró su poemario preferido, Azul, del poeta nicaragüense Rubén Darío. Todavía estaba grabada en su memoria la frase de su profesor Aristóteles Alegría: «Con el poemario Azul, Darío sienta las bases de la poesía moderna en la lengua española». En sus interminables búsquedas se había topado con autores célebres, pero sobre todo con aquellos que ahora podía leer en francés: Shakespeare, Maupassant, Dostoievski, Kipling, Poe, Ibsen, Wilde, Dickens y su gran favorita, Mary Shelley. Una mañana del mes de octubre, de un otoño parisino fresco y todavía luminoso, aprovechando que Miguelina se preparaba para su inagotable exploración en el mundo de los bouquinistes, su madre doña Grimanesa Cárdenas Montalván le trajo a la memoria una fecha que Miguelina parecía haber olvidado.

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