63 —Muchísimas gracias de mi parte y de mi madre aquí presente. Haré todo lo posible para estar a la altura del prestigio del Instituto Champagnat —agradeció Miguelina en un francés correcto, pero con un inocultable acento amazónico. Una semana después de asistir a las clases del primer año de secundaria, Miguelina tenía un mar de comentarios sobre sus clases, el sistema de enseñanza, sus nuevas amigas y amigos, la estricta disciplina escolar, y la calidad profesional de los maestros. —Solo un profesor yurimagüino, el profesor Aristóteles Alegría, podría incluso responder sobre el género de los ángeles; se parecía a estos profesores sabelotodos —le contaba risueña y de buen ánimo Miguelina a su madre una tarde mientras cenaban. —Así es, Miguelinita. Europa, y especialmente Francia, están a la cabeza en ciencia, arte y cultura. Esa es la razón por la que tu papá quiso que vinieras a estudiar aquí, por esa razón estamos en París —le contestó de buen talante doña Grimanesa a su hija. Una de las pasiones, y casi obsesiones, que se apoderaron de Miguelina además de la limpieza, el orden y la puntualidad durante el primer año de secundaria, fue su visita a los bouquinistes, los vendedores de libros antiguos apostados en las orillas del Sena. Miguelina aprovechaba los días que no tenía clases para explorar, uno por uno, los bouquinistes: pequeñas librerías donde se exhibían y vendían libros viejos y de segunda mano de los autores más célebres de todo el mundo. —Voy a explorar los doscientos bouquinistes que dicen que hay en la orilla del Sena, revisar todos los libros, comprar algunos y conversar con los libreros —se comprometió Miguelina consigo misma. —Creo que vas a llevar tu cama para vivir con los bouquinistes —le bromeó su madre, con cierto tono de reproche, porque Miguelina ya casi no vivía en casa. La mayor parte de su tiempo lo pasaba o en el instituto Champagnat o explorando los bouquinistes del Sena.
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