57 Solo a dos cuadras de la rue de Seine 500, donde vivían, estaba una de las tiendas de Le Bon Marché, lugar donde vendían de todo como en botica, como solía decir doña Grimanesa. Compraron panes baguettes y croissants, que tanto le gustaban a Miguelina, una botella de vino Oporto para el aperitivo, bacalao, jamón y filetes de ternera, papas y verduras para la ensalada, y quesos y yogur para el postre. Al momento de comprar, Miguelina hacía de traductora del español al francés y viceversa, entre su madre y los dependientes. —Voy a preparar un sudado de bacalao, porque ese pescado se parece al paiche, para que Manuel y su novia recuerden el sabor de nuestra Amazonía —señaló doña Grimanesa. La pareja llegó puntual a la cita. Manuel traía un ramo de girasoles y se lo entregó a Miguelina, quien le agradeció con un fuerte abrazo. —¿Cómo sabías que mis flores preferidas son los girasoles? —le preguntó sonriente. —Ese es un secreto que voy a guardar —contestó. Luego, con la voz exultante, exclamó—: ¡Aquí les presento a Isabelita, la moyochita que me robó el corazón! Después de darse abrazos efusivos, se sentaron a la mesa, e hicieron un brindis con las copas rebosantes de vino Oporto. Isabelita y Miguelina no se dejaban de mirar. Isabelita tenía el cabello largo y negro que le cubría la espalda; era de mediana estatura, pero esbelta como una palmera huasaí. Su piel color caoba brillaba delicadamente, y sus ojos achinados parecían lanzar fulguraciones. «Ya sé por qué se me hace tan familiar. Isabelita se parece mucho a Pamelita Apagüeño», pensó Miguelina antes de lanzarle la primera pregunta: —Manuel te dice moyochita, ¿eres de Moyobamba? —preguntó Miguelina, mirándola fijamente en sus ojos achinados. —Sí, nací en Moyobamba, pero mi padre y mi madre nacieron en Soritor, un pueblito a seis horas a pie desde Moyobamba.
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