56 —He visto también los dibujos del viajero francés Paul Marcoy sobre Iquitos, y retratos de hombres y mujeres indígenas que me han fascinado —reveló el profesor Sabourin, en un español que Miguelina sintió que incluso tenía cierto acento amazónico. Ya en casa, Miguelina le contó a su madre sobre su primer día de clases en el instituto. —Mami, para mí las clases en el Champagnat son como un día de fiesta. Es divertidísimo escuchar las historias de mis compañeras y compañeros de clase que, con su francés todavía bola bola, hablan y cuentan sobre sus países, sus pueblos y sus familias. —Hijita, en tu clase estás aprendiendo a conocer el mundo y a las gentes. Te será muy útil para desempeñar tu profesión de abogada, la carrera que has decidido estudiar —le contestó su madre. —Todos mis compañeras y compañeros de clase son tan diferentes, pero también todos son iguales —reflexionó hablando consigo misma. —¿Diferentes e iguales en qué? —volvió a preguntar. —Diferentes en su aspecto físico, en sus idiomas, en sus personalidades, pero iguales como todos los seres humanos, son como niñitos y niñitas, buscando siempre quien los quiera y los proteja —le comentó Miguelina. —Los seres humanos somos así, siempre estamos buscando amor y comprensión —reflexionó su madre. —Mis compañeras y compañeros me hacen recordar a mí cuando era chiquita. Siempre andaba buscando a mi padre y a ti —recordó Miguelina. De pronto, doña Grimanesa abrió los ojos, como recordando algo importante y urgente. —¡Uy, hijita! Nos hemos olvidado de que hoy viene el primo Manuel con su novia Isabelita. Son las tres de la tarde y ellos llegarán a las siete. Levántate, que iremos a comprar algo para la cena. Doña Grimanesa tomó su bolso yurimagüino con bordados de motivos indígenas, abrió la puerta y ambas salieron hacia la calle. —Tenemos muy poco tiempo —dijo con apremio.
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