55 prometió averiguar los números de las casas para poder ubicarlas. —Voy a revisar su biografía en la biblioteca de la universidad. Ella era pobre y vivió en varios lugares, huyendo de la pobreza y de su marido, André Chazal, que la perseguía para matarla, según he leído en una de sus biografías. Me acuerdo de que también vivió en una casa en los alrededores de la place de Maubert. Conseguiremos los números de las casas, no te preocupes Miguelina —le prometió Manuel Vásquez Montalván. Después de acompañarlas hasta el número 500 de la rue de Seine, Manuel se despidió, ofreciendo visitarlas en una semana más, trayendo los números de las casas donde vivió Flora Tristán y también una gran sorpresa: —¿Adivinen qué sorpresa les traeré? —les preguntó poniendo una cara de misterio, y como ambas se quedaron mudas, Manuel Vásquez Montalván les reveló la sorpresa—: ¡Voy a venir con Isabelita! —expresó con alegría, provocando el aplauso de Miguelina y de su madre. El primer día de clases de Miguelina en el Instituto Champagnat fue de grandes sorpresas. La primera de ellas fue descubrir en el aula rostros de todas partes del mundo. Nunca en su breve vida había visto tantas caras y biotipos humanos tan diferentes, diversos, y todos juntos. El salón estaba poblado de estudiantes de Europa, Asia, África, Oceanía, Estados Unidos y del continente americano en general. Como si ese descubrimiento no hubiera sido suficiente, en la clase también había dos peruanos; uno se llamaba Juan Morey Hernández, proveniente de Iquitos. La segunda sorpresa fue la del profesor Eric Sabourin, quien al pasar lista, nombrar a Miguelina y saber que venía de la Amazonía, se emocionó y confesó que uno de sus mayores sueños era conocer el Amazonas. Explicó que el libro Viaje a la América Meridional por el río de las Amazonas, de 1745, escrito por el sabio francés Charles-Marie de La Condamine, había difundido las primeras noticias sobre el caucho en los círculos científicos de Francia y de toda Europa.
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