Miguelina

54 —Pobre del hombre con quien te cases. Será un esclavo del reloj y del orden —le contestaba su madre, riéndose. —Ese hombre no existe y nunca llegará a mi vida —respondía Miguelina, poniendo una cara de pocos amigos. Puntual como siempre, Manuel Vásquez Montalván llegó unos días después, a las nueve de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos. —Primo, por tu puntualidad tú no pareces ni peruano ni amazónico —le dijo doña Grimanesa a Manuel, después de saludarlo cálidamente. —Si supieran, chicas, cómo me convertí en un hombre puntual, se morirían de la risa. Porque yo era el tipo más impuntual del mundo, creo que llegué tarde incluso a mi propio nacimiento —dijo soltando una carcajada. —Cuenta, pues, ¿qué te pasó por ser impuntual? —le preguntó Miguelina. —La pregunta debería ser qué no me pasó por ser impuntual. Muchas veces me quedé sin comer en la universidad porque llegaba tarde al comedor. Incontables veces me dejó el tren porque llegaba cinco minutos tarde a la estación; pero, lo peor de todo, primitas, fue cuando un día que llegué por enésima vez tarde a una cita con mi novia, Isabelita Díaz Gárate, ella se puso muy seria y me dio un ultimátum: «Si llegas tarde a la próxima cita, adiós, Manuel, me voy con otro», me advirtió certeramente Isabelita. Santo remedio. Ese día juré ser puntual hasta en mis sueños —exclamó entre risas. Después de la matrícula del curso de francés, que solo tardó unos minutos, Miguelina le pidió a Manuel Vásquez Montalván: —Ahora sí, he estado esperando este momento con ansias. Quiero conocer la casa donde nació y vivió Flora Tristán, por favor, llévame —le rogó con tono de súplica, pero con voz determinante, y le entregó una hoja de papel con tres direcciones: rue de la Cherche Midi, rue de la Chaumiès y la rue du Bac. Manuel Vásquez Montalván tomó el papel, leyó las direcciones y le contestó: —Pero aquí solo están los nombres de las calles, no están los números de las casas. Sin esos datos será imposible encontrar la casa donde vivió Flora Tristán —le indicó, pero al notar la cara de tristeza de Miguelina, le

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