53 Pérégrinations d’une paria, pero ahora en el francés original, y también seguía escribiendo su propio libro. Al atardecer, salía a caminar por la orilla del Sena, mirando los bateaux, esas lanchas y botes que no tenían techo, para que los ocupantes puedan admirar la ciudad por ambas orillas del río: los parques, los monumentos y los puentes que cruzaban el río y la ciudad. «¿Será posible construir puentes sobre el río Huallaga?, aunque es muy ancho. Pero sí se podría sobre el Caynarachi, y también en el Paranapura», pensaba mientras se trasladaba imaginariamente hacia la Amazonía. Miguelina solía jugar haciendo barquitos de papel en los que escribía mensajes para sus amigos, para Pamelita Apagüeño, para su padre, para su profesor Aristóteles, y lanzaba los barquitos al Sena diciendo: —Viajen hasta Yurimaguas y entreguen mis mensajes a sus destinatarios. Al verlos alejarse, ella se reía sola, despertando la curiosidad de otros paseantes. Por las noches, después de la cena, Miguelina se sumergía nuevamente en las ocupaciones que eran su obsesión en ese momento: aprender francés, leer el libro de Flora Tristán y seguir escribiendo su propio libro, pero otra obsesión la había atrapado, según observaba su madre doña Grimanesa: el cuidado de su cuerpo y su preocupación por los cambios físicos y psicológicos que estaba experimentando a los catorce años. Miguelina solía despertar a las siete en punto de la mañana para hacer ejercicios en la sala del departamento. Luego se encerraba en el baño para peinarse, acicalarse y mirarse en el espejo. Allí contemplaba su rostro y su cuerpo, preguntándose si sus grandes ojos pardos seguían hermosos, profundos y luminosos, o si su cuerpo estaba desarrollándose con armonía, porque a la edad que tenía, el orden y la armonía, además de la puntualidad, parecían ser las reglas y normas de la vida. —Tú eres más puntual que un reloj suizo —le bromeaba su madre, cuando Miguelina le pedía que, por favor, todo se hiciera a la hora exacta: el desayuno, el almuerzo, la cena, la hora de dormir y de despertarse. Todo puntual y en orden.
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