52 cambios y transformaciones que se están produciendo en la sociedad internacional. Y como si todo esto fuera poco, los precios del caucho siguen subiendo, lo cual les permitirá a ustedes, y también a mí, vivir sin apremios en una de las mejores épocas de la historia de la humanidad —les explicó Manuel Vásquez Montalván, con un aire académico tanto en el gesto como en la voz. Se puso de pie para despedirse, pero antes de hacerlo, dirigió su mirada con profundidad hacia doña Grimanesa y Miguelina, diciéndoles en voz baja y con un tono misterioso: —No quiero ser un aguafiestas, pero a veces, involuntariamente, lo soy. Hace una semana fui al Collège de France a escuchar una conferencia del filósofo francés Henri Bergson. En la parte final de su conferencia, el filósofo dejó mudo al auditorio cuando dijo que la actual prosperidad está montada sobre la riqueza de las colonias de los países europeos que, además, están afilando uñas y dientes para disputar y arrebatarse estas riquezas, pero que los territorios de donde se extraen estos recursos se levantarán muy pronto porque ya no soportan el peso de la opresión —dijo abriendo bien los ojos. —Entonces, ¿habrá guerra? —preguntó con gran curiosidad Miguelina. —El filósofo lo dijo en esos términos, pero quedamos advertidos para estar preparados para todo —concluyó Manuel. Luego, mientras las abrazaba con afecto, agregó —: No se olviden de que dentro de unos días vendré a primera hora para acompañarlas a la matrícula de Miguelina en el Instituto Champagnat y así iniciar su curso de francés. Apenas Manuel cerró la puerta, Miguelina corrió a la salita donde había instalado su estudio, tomó su libreta y empezó a escribir. Su madre la miró a hurtadillas y pensó: «A esta niña no se le escapa nada». En los días siguientes, Miguelina retomó su jornada de estudio habitual, pero con más rigor y dedicación, sobre todo después de las diez de la mañana hasta la hora del almuerzo. Se dedicaba a leer con su diccionario de francés-español Larousse los periódicos Le Temps, Le Figaro y La Croix, y le había pedido a su madre que le comprara dos periódicos más; Le Matin y Le Petit Parisien. Por la tarde, después del almuerzo, leía
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