Miguelina

50 Manuel Vásquez Montalván llegó puntual a la cena de agradecimiento. En la mesa del comedor humeaba una sopa caliente; al lado había panes, quesos, los croissants que tanto le gustaban a Miguelina y una botella de champán que Manuel había llevado para celebrar su llegada a París. —Cuéntame cómo y por qué vives en París —preguntó Miguelina a Manuel Vásquez Montalván. Este, ni corto ni perezoso, soltó la historia de su vida en Francia. Les contó que su padre, don Josías Vásquez Ramírez, y su madre, doña Florángela Montalván Apagüeño… —¿Apagüeño? —interrumpió Miguelina con sorpresa. —Sí, Apagüeño, ¿por qué? —inquirió Manuel. —Nada, preguntaba nomás —respondió Miguelina. —Entonces prosigo con la historia —dijo Manuel, y siguió contando que sus padres, dedicados a la actividad cauchera, decidieron enviarle a estudiar Economía en Londres, pero durante el viaje una muchacha cambió el curso de su destino: Isabelita Díaz Gárate, quien viajaba en el mismo barco. Durante el viaje se enamoraron y él, atrapado por el amor, desembarcó con Isabelita en Liverpool, pero en vez de tomar el tren con dirección a Londres, siguió la ruta de ella rumbo a París, donde Isabelita había decidido estudiar. —Actualmente ambos estudiamos en La Sorbona. Ella la carrera de Medicina y yo Economía. Cuando ambos nos graduemos, en dos años más, nos casaremos y volveremos al Perú —afirmó emocionado. —¿Cuándo traes a Isabelita para conocerla? —le preguntó Miguelina a Manuel. —Deberías haberla invitado esta noche, para la cena navideña —le dijo doña Grimanesa. —Si hubiera estado en París, claro que la hubiera invitado, pero Isabelita ha ido a pasar la Navidad con unos parientes que tiene en Roma y volverá en una semana. Yo también estaría con ella en Italia, pero tenía la obligación sagrada de esperarlas a ustedes —aseveró y luego prometió presentarles a Isabelita cuando regrese de Roma.

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