41 —¿De «Sherezade»? —preguntó Miguelina. —No, he decidido cambiar esas historias orientales por historias y mitos amazónicos, que te van a gustar mucho más y seguramente tú les contarás a tus amigas y amigos en Europa esos relatos mágicos que yo te enseñaré. —¿Puedes adelantarme el nombre de alguno de esos personajes? —Te contaré sobre Nugkui, la creadora de la cultura de los Jíbaro-Jíbaro. —El profesor Aristóteles Alegría nos decía en sus clases que todas las creadoras de cultura, las que creaban las plantas y la comida de los pueblos y el arte, son siempre mujeres, diosas, porque en los mitos amazónicos todo tiene madre, solo madre y no padre —expresó Miguelina. —Leyendo, estudiando y escuchando a tus maestros sabrás por qué es así —le explicó su madre. A lo largo de los subsiguientes días navegando por el Atlántico, Miguelina parecía vivir en carne propia el viaje de Flora Tristán. En sus gestos, en sus palabras, en sus sueños y hasta en sus pesadillas, que se hicieron cada vez más frecuentes, vivía las emociones y las alegrías, pero también los dramas, las decepciones, los fracasos, las frustraciones y las luchas que plasmó Flora en su libro. Llegó un momento en que doña Grimanesa Cárdenas Montalván estuvo a punto de prohibirle seguir leyendo Peregrinaciones de una paria, pero se dio cuenta a tiempo de que esa decisión tenía sus bemoles: quizás el remedio hubiera sido peor que la enfermedad. Miguelina parecía alegre, feliz y sonriente, igual que Flora Tristán. Mientras leía su libro se imaginaba viviendo la travesía del barco por costas africanas, la visión y percepción edénicas, la navegación por el Cabo de Hornos, una maravilla de la naturaleza, y el colorido y la intensa vida del puerto chileno de Valparaíso. Vivió, imaginariamente, la sorpresa de la llegada de Flora Tristán a Islay, el puerto desde donde Flora se dirigió a Arequipa, un tramo de viaje corto pero cargado de incomodidades, como si fuera un anuncio de lo que le tocaría vivir en la Ciudad Blanca.
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