40 pensó y, dicho y hecho, comenzó a escribir en su libretita el orden de los capítulos—. «Voy a dedicarme a escribir sobre mi infancia y de mis experiencias de este primer viaje. Los capítulos finales los terminaré a mi retorno al Perú, después de vivir en Europa. Voy a pedirle a mi madre que me compre un cuaderno en la tienda del barco porque esta libretita no me va a alcanzar», pensó Miguelina. Estaba profundamente concentrada en su proyecto cuando una voz chillona rompió su concentración. Era un muchacho con varios amigos y amigas, todos más o menos de la misma edad, entre trece y dieciséis años. —Amiga, estamos organizando una fiesta en el salón de fiestas del barco esta noche y te invitamos. Es mi cumpleaños, cumplo quince años —le dijo el muchacho de la voz chillona. —¡Feliz cumpleaños, amigo!, pero estoy escribiendo un libro y trabajo día y noche… igual gracias por la invitación —le contestó amablemente Miguelina. —¿Escribiendo un libro tú? —exclamaron en coro los muchachos—. ¿Trabajando de día y de noche? —volvieron a chillar provocadoramente—. ¡Vete a engañar a tu abuela con ese cuento! Lo que pasa es que eres una aburrida mentecata —le gritaron y se alejaron, haciéndole muecas de burla. Miguelina cogió su libreta, su lápiz y el libro Peregrinaciones de una paria, la traducción al español aún inédita, y caminó rápidamente al camarote para ver a su mamá. —Te veo colorada y nerviosa —le dijo su madre. —Te voy a contar lo que me acaba de ocurrir —le respondió; y le narró lo que pasó con aquellos muchachos. Cuando le terminó de contar el incidente, su madre le dijo: —Miguelinita, no quiero darles la razón a esos muchachos, pero es muy raro que, mientras todos los demás pasajeros conversan, beben, bailan o se mueren de aburrimiento, una muchacha de tu edad se dedique a leer y escribir todo el día en el barco —le dijo, y agregó—: Mañana yo estaré a tu lado todo el tiempo para que nadie te moleste y, cuando te canses de leer y escribir, te contaré algunos cuentos.
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