31 Recordó que en Iquitos, en el poco tiempo que estuvieron en la capital del caucho peruano, antes de partir en el Gregory, escuchó una ola de rumores de que, en los campamentos caucheros del riojano Julio César Arana del Águila, en el río Putumayo, se cometían crímenes contra los indígenas ocainas, andokes y huitotos. Miguelina se sorprendió de que la gente reunida en grupos, ya sea en la plaza de Armas, en el malecón, en los mercados o en las esquinas de la calle Próspero, cuchicheara sobre los sangrientos sucesos del Putumayo; pero cuando algún desconocido se acercaba a ellos, todos se quedaban mudos. —Mamita, dime, ¿qué le pasa a la gente? Están como asustados —preguntó curiosa y sorprendida Miguelina, ante el comportamiento extraño de la gente. —Es que tienen miedo a los agentes de Arana, que circulan por toda la ciudad vigilando y escuchando quién critica al hombre más poderoso de la Amazonía —le respondió su madre, casi susurrando. Su atención y su mirada regresaron a las fotos desgarradoras del Museo Paraense. Su imaginación voló vertiginosamente, como el vuelo de un picaflor hasta El Encanto, uno de los campamentos de Arana. Se sintió fuerte y poderosa, y caminó en dirección al almacén más grande de bolas de caucho de la ciudad. Allí vio que uno de los capataces, un hombre corpulento y de piel negra, azotaba en la espalda a un joven indígena con un látigo de cuero, gritándole enfurecido: —¡Tú ser haragán, tú ser indio flojo! ¡Tú no ser como yo, barbadense! —gruñía enojado. Miguelina se acercó rápidamente al hombre de Barbados y le arrebató de las manos el látigo, exclamando: —¡Nunca más harás esto! La ley y la justicia protegerán a mis hermanos indios —exclamó. El barbadense la miró con furia y le espetó: —¿Quién ser tú para hablar en nombre de la ley y de la justicia?
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