30 —Mira en las calles y en el parque, en todas partes, la cantidad de árboles de mango. ¿Te imaginas cuando los árboles tengan frutos y maduren? —preguntó, y antes de que su madre le respondiera Miguelina exclamó—: ¡Toda la ciudad estará llena de mangos y la gente olerá a mangos! —y diciendo esto soltó una risita alegre que era habitual en ella cuando estaba de buen humor. Luego de visitar las instalaciones del Fuerte Presepio, de mirar las decoraciones interiores y el gran escenario del Teatro de la Paz, arribaron un poco cansadas al Museo Paraense. Ambas se sentaron a descansar en el amplio hall de la entrada. De pronto, Miguelina se puso de pie y se acercó a leer una placa de bronce colocada en una de las paredes: «Museo Paraense. Reorganizado por el Dr. Emilio Augusto Goeldi», leyó en la placa. —Casi estamos sobre la hora para regresar al barco —dijo su madre, mirando el reloj de péndulo del museo que marcaba las trece horas. En su breve recorrido por el museo visitaron incluso el Jardín Botánico y un zoológico donde Miguelina se dedicó a jugar y conversar con unas pequeñas vacamaninas, que tenían los ojos grandes y tiernos como los niños. La biblioteca fue el último lugar que visitaron. Allí Miguelina nunca sacó los ojos de una colección de fotos de mujeres indígenas que, con sus bebés en brazos, eran azotadas por hombres vestidos con botas y cascos, y armados con carabinas Winchester. Súbitamente su memoria retornó al Perú, a la Amazonía, a Yurimaguas, a Iquitos. Su padre, don Miguel Acosta Sánchez, les había narrado que en la mayoría de las caucherías se cometían abusos y crímenes contra los indígenas. —Yo soy comerciante cauchero, vivo de este negocio, pero jamás llegaría a derramar sangre indígena por un puñado de libras esterlinas —afirmaba levantando la voz. —Y nosotras nunca te lo permitiríamos —le advirtieron en dúo Miguelina y su madre.
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