32 —Yo soy la ley y la justicia, y juro que seré la defensora de los indios, mujeres, hombres y niños —sentenció Miguelina. —Miguelina, ¿qué pasa? Estás como ida, como soñando. Ya es la hora. Vamos rápido a la Estação das Docas —le ordenó su madre. Miguelina levantó el brazo derecho haciendo la señal de adiós a los cientos de personas que, desde la Estação das Docas, despedían al Gregory y a los pasajeros que batían los brazos. —Aquí se embarca la mayor cantidad de pasajeros, la gente sabe que el barco ya no atracará en ningún otro puerto hasta Liverpool. Por eso vienen a dar el último adiós —reflexionó doña Grimanesa, con un tufillo de tristeza en la voz. Miguelina, al igual que muchos otros pasajeros, miraba el puerto, a la multitud que empezaba a perder sus contornos y figuras hasta perderse como parte del paisaje fluvial. La ciudad se achicaba hasta ser apenas un puntito en el horizonte del gran río. —Vamos al camarote a descansar un rato y luego volveremos, cuando estemos por llegar a la isla Marajó —le indicó su madre. —Buena idea, mamita, pero anda yendo y en un ratito te alcanzo —le contestó. Al igual que otros pasajeros, Miguelina buscó un lugar en la cubierta del barco desde donde podía mirar el Amazonas, y su memoria se trasladó hasta Yurimaguas y el río Huallaga: «En el Amazonas podrían entrar de diez a veinte ríos Huallaga, pero sin el Huallaga, el Marañón, el Ucayali y el lago Cuipari no existiría el Amazonas», pensó. De inmediato, su memoria retornó al pasado para contemplar los bergantines de las expediciones de Francisco de Orellana y Pedro Teixeira; de repente, sintió que era una mujer amazona que disparaba flechas contra los invasores europeos de la Amazonía. —¡Váyanse de aquí, la Amazonía es nuestra! —gritaba al disparar sus flechas contra los soldados—; «creo que estoy soñando despierta» —se
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