Miguelina

29 fijó sus ojos en un gran letrero que decía en portugués «Estação das Docas», donde centenares de hombres estaban trabajando. Pero lo que le asombró más fue ver el desfile de miles de hombres semidesnudos, cargando y trasladando bolas de caucho desde las lanchas hacia la parte alta del puerto. A su memoria regresaron las imágenes de las decenas de hombres haciendo la misma faena en Yurimaguas, muchos de ellos recibiendo azotes de sus patrones. Sin embargo, jamás había visto tantos cargadores juntos como en Belém do Pará. —Brasil es la capital mundial del caucho, por eso hay tanto caucho y tantos cargadores —comentó su madre al observar la cara de asombro de Miguelina. Bajaron junto con otros pasajeros a recorrer el muelle y un mercado aledaño que tenía su nombre pintado en un cartel de madera: «Mercado Ver-o-Peso». Aunque el mercado, al igual que el muelle, estaba en construcción, a lo largo y ancho de sus espacios al aire libre se habían instalado centenares y quizás miles de vendedoras y vendedores ofreciendo una incontable gama de productos: desde frutas, flores, raíces y licores, hasta animales vivos y los más misteriosos secretos de la naturaleza amazónica, como dientes de tigre para talismanes o pulseras de bufeos para pusangas, el más poderoso y eficaz filtro de amor amazónico. —Miguelina, solo estaremos cuatro horas en Belém do Pará y nos falta visitar la ciudad —le dijo su madre al observar que Miguelina estaba fascinada y atrapada mirando y tocando los objetos, productos y artesanías, e infinidad de cosas que ofrecían las vendedoras, haciéndole olvidar el tiempo. —Nos han recomendado visitar el Fuerte de Presepio, el Teatro de la Paz y el Museo Paraense —le dijo su madre. —Mamita, ¿te has dado cuenta de una cosa? —preguntó a su madre, sorpresivamente. Doña Grimanesa detuvo el paso para escucharla con atención. —¿Qué cosa? —le preguntó doña Grimanesa.

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