27 a hablar, nadie, ni yo misma, ni tu papá, podíamos responder las interminables y curiosas preguntas que formulabas —le contaba su madre, para luego continuar, como respondiendo a la inquisitiva mirada de su hija—: Un día le hiciste una pregunta a tu padre que jamás, incluso hasta ahora, ha podido responder. Le preguntaste por qué los guacamayos nunca se divorcian, pero ahí no terminó tu inagotable curiosidad, porque enseguida le volviste a interrogar: ¿Papá, por qué no hay abogados o abogadas entre los guacamayos? Y así su madre seguía narrando, haciéndole recordar que su padre, don Miguel Acosta Sánchez, para salirse del apuro, le volvió a contar la vida de algunos animales, especialmente del bosque amazónico. Le contó que los guacamayos, esas aves grandes y de hermoso plumaje, se unen para toda la vida. Por eso, si la hembra del guacamayo moría, el macho permanecía solo el resto de su vida, y lo mismo hacía la hembra si era el macho el que moría. Enviudan para siempre. —Cuéntame, papito, sobre el gallito de las rocas. ¿Cómo se le llama a la hembrita, la que pone los huevitos y tiene los polluelos?, ¿gallinita de las rocas? Su padre le contaba entonces la vida del gallito de las rocas, que se llama así porque construye su nido en las rocas de los bosques de neblina, que están entre los 1500 y 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. Le explicó que la naturaleza es sabia, porque mientras el plumaje rojo y brillante del macho puede ser visto por el halcón y otros depredadores fácilmente desde las alturas y, por tanto, atacarlo mortalmente, las hembras tienen un color de plumaje que se mimetiza con el bosque, y los halcones y gavilanes casi no pueden distinguirlas entre la foresta. —De ese modo, la madre naturaleza cuida y protege a quien reproduce la vida —sentenció su padre. —¿Es cierto, papito, que los gallitos tienen que bailar para conquistar y ganarse el amor de las gallinitas de las rocas? —siguió preguntando Miguelina.
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