Miguelina

26 —Yo también, mamita. Pienso en mi papito, en las amigas y amigos de la escuela, en los familiares, y siento que estoy viviendo instantes y momentos inolvidables con ellos —expresó Miguelina, apretando fuertemente con las dos manos su buhito. Una de las historias que más le fascinaba a Miguelina era escuchar a su madre contar anécdotas y acontecimientos previos a su nacimiento, el 26 de noviembre de 1887. —Faltando algunos meses para tu nacimiento, sobre todo en el mes de julio, me agarraron antojos por algunas frutas y pescados. Me moría de ganas de comer humarí y también leche huayo, el fruto de la shiringa. Cuando me iba al mercado y olía la fragancia del humarí, no podía resistir la tentación de comer esa fruta que, según se dice, es la mantequilla de la selva. Se me dio también por comer corvinas ahumadas. Cuando me servían la corvina, lo primero que hacía era buscar en la cabeza del pescado esa piedrita que es como una perlita. Cuando la encontraba pensaba que esa piedrita que trae mucha suerte sería para el collar de Miguelina, si es que el ser que iba a nacer fuera mujer, y si fuera hombre sería para la pulsera de Miguel. —Esa piedrita en tu collar es la piedra de la buena suerte de la corvina —le confesó su madre a Miguelina. —Entonces tengo dos talismanes de la buena suerte, un buhito y una piedrita de corvina —se dijo Miguelina, sonriendo y tocando la piedrita de su collar. —Mamita, ¿cómo era yo cuando nací, en los primeros meses de mi vida? —preguntó Miguelina a su madre. —Tú eras una niña diferente a todas las niñas, incluso antes de nacer —le contestó su madre, para luego agregar—: Te gustaba escuchar música, sobre todo valses y piezas europeas que tu padre hacía sonar en el fonógrafo. Tú eras muy movediza, y para tranquilizarte tenía que encender la música; solo así te quedabas quieta y te echabas a dormir. Cuando naciste eras la niña más curiosa del mundo: mirabas fijamente todo lo que se te ponía delante de tus ojos y, conforme crecías, cuando empezaste

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