25 Jamás se cansaba de mirar, durante horas, mañana y tarde, el gran Amazonas: sus orillas cubiertas de inmensos bosques donde siempre, como ocurría en el río Huallaga, sobresalía un árbol por encima de todos. «Ese árbol seguramente es una lupuna», pensó recordando los árboles más altos del bosque amazónico, la lupuna, el ojé y la castaña, tal como su padre le explicaba cada vez que iban a pescar con su madre en el lago Cuipari. Después de dos días de viaje, Miguelina y su madre, doña Grimanesa, ya contaban con un programa o plan de vida en el barco: orar a Dios al levantarse, ducharse, tomar desayuno y luego leer. Miguelina tenía abarrotado su baúl de cauchero —obsequio de su padre— con libros de historia del descubrimiento de América y de la Amazonía, pero también en su baúl guardaba como tesoros biografías de mujeres célebres. Su libro favorito era Peregrinaciones de una paria, de Flora Tristán. Su padre había pagado una suma especial para que su amigo Pedro del Castillo del Águila, que leía y escribía en francés, le hiciera una traducción del francés al español. Pero también leía libros que, para niñas de su edad, eran poco usuales: las Leyes de Indias y libros que estudiaban los casos de juicios sobre los abusos cometidos contra indígenas, sobre todo contra las mujeres, durante las épocas de la Conquista y de la Colonia. Su madre, por su lado, no quitaba la vista y concentración de una vieja Biblia, traducida de la Vulgata al castellano por Petisco y Torres Amat, en 1825. Pero además de las horas de lectura, que Miguelina calificaba de sagradas, madre e hija habían establecido y programado tres horas cada día, de tres a seis de la tarde, para conversar de la familia Acosta Cárdenas y sus orígenes, y recordar a las más queridas amigas y amigos, las costumbres y fiestas de Yurimaguas, y los primeros años de la vida de Miguelina. —A medida que nos alejamos de Yurimaguas, de tu padre y de la Amazonía con rumbo al Viejo Mundo, a otro mundo, nunca me había sentido más cerca de tu papá, de Yurimaguas, de los parientes, de las amigas y amigos —repetía doña Grimanesa, con un tono y acento de profunda nostalgia en la voz.
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