24 —Dormiremos temprano. Nos vamos a levantar a las siete de la mañana. A las ocho servirán el desayuno, y el almuerzo al mediodía. La cena estará servida a las seis de la tarde. Lee este folletito, el barco tiene salas de juegos y biblioteca, y los que quieran pueden usar el telescopio para mirar el río y el mar entre las diez de la mañana y el mediodía, y en la tarde de tres a cinco —le explicó su madre. —Mañana voy a explorar todos los pisos del barco para comprobar si es cierto, como ha dicho el oficial, que el Gregory es como una ciudad encantada que viaja por el río y por el mar —se prometió Miguelina con la voz casi inaudible. Un momento después cerró los ojos y durmió apaciblemente. Tal como había decidido el día anterior, luego del desayuno, se dedicó a visitar los tres pisos del Gregory. Una de las áreas que más le impresionó fue la sala de mando y de pilotaje del barco. Pidió permiso al oficial para mirar con curiosidad y atención todos los instrumentos de navegación del barco, y se imaginó a sí misma, con el timón en la mano, observando por el telescopio mientras atravesaba la inmensidad del mar, siguiendo la ruta fijada por los instrumentos. «Así quiero que sea mi vida: como un barco que sigue una ruta y que llega a su destino», pensaba reflexiva. Al retornar al camarote para ver a su madre, doña Grimanesa, ya tenía en su libretita varias páginas de apuntes sobre sus descubrimientos en el barco, acerca de las gentes que había conocido y saludado, y de sus reflexiones e impresiones del gran río Amazonas. La mayor parte de sus anotaciones eran preguntas a los personajes que, de acuerdo con la historia que ella había leído y estudiado en su colegio de Yurimaguas, habían sido aventureros y exploradores del Amazonas: Vicente Yáñez Pinzón, Pedro Teixeira, Francisco de Orellana y Gaspar de Carvajal. «¿Vieron algunas sirenas en el río, bañándose en las playas? ¿Existieron las mujeres Amazonas?». Dirigiéndose a Vicente Yáñez Pinzón, le preguntaba: «¿Qué pensaste cuando viste por primera vez el río Amazonas?». Ya agregaba con ironía y una sonrisa burlona: «Vicente, tú jamás te imaginaste que Miguelina Acosta Cárdenas viajaría por el mismo río cuatrocientos años después».
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