Miguelina

23 amarradas a estacas prendidas en la orilla del río. En fila india ascendían penosamente, cayéndose y levantándose, por un camino enlodado hacia la orilla alta del río, donde se levantaba un inmenso almacén. Allí se depositaban y guardaban las cajas con las bolas de caucho, que luego serían transportadas hacia Liverpool y otros puertos europeos. Miguelina, siguiendo una costumbre de su padre, llevaba siempre, desde que cursaba el tercer año de primaria, una libreta donde anotaba sus impresiones, observaciones, y también encargos que le hacían sus padres y amigos. «Trabajan como esclavos. Nunca los olvidaré y estaré siempre con ustedes», escribió en su libretita con letra palmer, pequeñita pero muy nítida. —Vamos, Miguelina, ya es mediodía y tenemos que arreglar nuestras maletas. A las cuatro de la tarde tenemos que estar otra vez aquí mismo, porque el barco sale a las siete de la noche —le dijo su madre, y ambas se treparon a una carreta jalada por dos caballos con dirección a Iquitos. Tal como estaba programado, el Gregory anunció su zarpe a las siete de la noche, con tres potentes pitadas. Los curiosos y parientes de los viajeros se arremolinaron en el muelle. —Este es nuestro camarote, aquí vamos a dormir durante el mes que dura el viaje —le dijo doña Grimanesa a Miguelina, mientras introducía una pequeña llave en la cerradura—. Al abrir la puerta del lugar, observaron que tenía dos camas, un pequeño clóset para guardar los útiles personales de uso cotidiano y un espacio para colocar las grandes maletas. Antes de entrar al camarote, Miguelina miró las luces ya lejanas y titilantes de Iquitos. Sus ojos se humedecieron pensando en su padre. «Tu recuerdo nunca se apagará, como esas luces del cielo», pensó y volvió a mirar las casi extinguidas luces del puerto de Iquitos. —Tenemos que organizar nuestra vida en este pequeño espacio durante un mes —le dijo su madre con tono apacible pero firme, como era habitual en ella.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx