20 Su padre, con los ojos rojos por las lágrimas, la miró fijamente y, casi en secreto, le dijo: —Anoche soñé que volverás al Perú para ser una gran luchadora de la justicia. No te olvides nunca de este sueño de tu padre. Padre, madre e hija se dieron un abrazo cuya fuerza e intensidad recordarían por el resto de sus vidas. Era diciembre, el mes de las lluvias diluviales en la Amazonía. Lluvias que mojaban y fertilizaban los sueños de hombres y mujeres, que ahogaban los ceticales y cañabravales, y engordaban e hinchaban los ríos, quebradas y cochas. El río Huallaga, con sus aguas desbordadas, corría como escapando de un enemigo invisible, o queriendo llegar más rápido al mar. Corría empujando a la lancha La Libertad por islas y sacaritas, para llegar más rápido a su destino: Iquitos. En los tres días que duraría el viaje de Yurimaguas a Iquitos, Miguelina pasaba las horas imaginando la vida en los bosques inundados y la dura vida de los ribereños, cuyas casas flotaban en el agua, mientras sus chacras, platanales y yucales, entre otros cultivos, eran arrasados y tragados por la voracidad de las aguas invernales. En una de las tardes del viaje, imaginó que estaba apoyada en la baranda del malecón, construido en los últimos años por el alcalde Teodosio Bardales. Dirigió su mirada a lo largo y ancho del río Huallaga. Sus ojos y su mente recorrieron los bosques de ceticales y volvió a navegar por el río, pero esta vez no en una canoíta o una balsa de topas acompañada de las aves del río, tibis y gaviotas. Esta vez viajaba en un gran barco por los mares del mundo. El barco navegaba por ríos y mares, cruzaba continentes y, finalmente, llegaba a un puerto. Había mucha gente y todos hablaban en lengua española. «Pero no puede ser. He viajado por todo el mundo y estoy en el Perú. Siempre volveré porque mi destino es el Perú», pensó Miguelina.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx