21 Su viaje imaginario se interrumpió cuando sintió que alguien la miraba fijamente. Era una niña indígena chayahuita que vendía collares de huayruros rojos y negros, colmillos de otorongos, estatuillas de madera del dios Kumpanamá, pulseras de semillas y un buhito de madera de palo de rosa. Tomó el buhito, lo acarició con sus manos y le preguntó a la niña su nombre. —Me llamo Shayabit —respondió con una vocecita que más parecía el trino de un pajarillo. —Te compraré este buhito —le dijo a la niña, y a su memoria llegaron nítidamente las palabras de su padre sobre los búhos: simbolizan y representan el conocimiento, porque tienen un cuello que gira hasta 180 grados, para mirar la circularidad del tiempo y de la realidad. —Me llevaré este buhito que me acompañará el resto de mi vida —susurró. La Libertad acoderó en varios pueblitos de las orillas para embarcar grandes bolas de caucho, cargadas en las espaldas por los indios. En ocasiones, como ya era habitual, el capitán lanzaba gritos desaforados dirigiéndose a los cargadores indígenas: —Rápido, más rápido, indios haraganes. Ustedes son más lentos que el motelo —y seguidamente soltaba una carcajada estruendosa. Miguelina observaba muy seria aquellas escenas. Metía la mano en el bolsillo y apretaba con fuerza a su buhito. «Algún día, espero que sea pronto, deberá terminar este sufrimiento», pensó, mientras su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, siempre junto a ella, imaginaba lo que estaba ocurriendo en la mente y, sobre todo, en el corazón de su hija. Llegar a la ciudad de Iquitos, caminar por sus calles y mirar las obras que se estaban construyendo fue para Miguelina un descubrimiento, una revelación.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx