19 Su silencio se fue haciendo más profundo, insondable, conforme se fue acercando la fecha del viaje. Ahora, más que hablar con las personas, se comunicaba con los seres invisibles, con los pájaros de las jaulas y con las aves silvestres que llegaban a comer los frutos de los árboles de su huerta, por las mañanitas y al atardecer. Temprano, antes de ir al colegio, y por la tarde, cuando retornaba de clases, se dirigía a su gran huerta poblada de árboles frutales a conversar con las aves. Escuchaba con profunda atención los cantos, los graznidos, el piar y los silbidos de las aves, guacamayos, paucares, picaflores, pihuichos, chirricleses, palomas, sui-suis y víctor-díaz, y hablaba con ellos, escuchando la sinfonía de sus cantos, mirándolos a los ojos les decía a todos ellos: —Yo me voy, pero voy a volver. Me estoy llevando sus cantos grabados en mi memoria, y me llevo también la mirada tierna y curiosa de todos ustedes. Me llevo también todos los misterios que ustedes me han transmitido y enseñado. Un día antes del viaje, Miguelina le dijo a su madre: —Mamita, me voy al puerto porque quiero despedirme del río y del bosque. Su madre la miró fijamente a sus grandes ojos, y le respondió con ternura: —Está bien, hijita. Yo sé que tú nunca te olvidarás de tu tierra, de Yurimaguas, del río y de la selva, ni mucho menos de tus queridos amigos y amigas, menos de tu padre y de todos nuestros familiares. Apoyada en una de las barandas del segundo piso de la lancha La Libertad, levantó el brazo para decir adiós a sus amigos. Dos chorritos escurrieron de sus ojos. Metió su mano en el bolsillo de su blusa, y acarició el buhito de madera de palo de rosa. Momentos antes de subir a la lancha, en la explanada del puerto, sus compañeras y compañeros de la promoción de la escuela Samuel Fritz, le cantaron y la llenaron de abrazos, y le obsequiaron un ramo de orquídeas, unas flores que le gustaban mucho.
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