Miguelina

18 Estaba ya fijada la fecha de la partida: el 10 de diciembre de 1900, inmediatamente después de los exámenes de fin de año. Ese día se embarcarían en la lancha La Libertad con rumbo a Iquitos, y de este puerto —el más importante del Perú en la Amazonía— partirían en el barco Gregory, propiedad de la compañía inglesa The Booth Line, directamente hacia Liverpool, en Inglaterra, y de allí en tren hasta París. Faltaba menos de un mes para el gran viaje. En esos días, que transcurrían vertiginosos, la vida de Miguelina experimentó cambios que sorprendieron y preocuparon tanto a sus padres como a sus compañeros de aula y a su maestra. —Miguelina Acosta Cárdenas, tú ya no eres la alumna que yo he conocido y enseñado. Has dejado de cumplir con tus tareas y pareciera que todo el tiempo estás en la luna —le increpó una mañana su maestra, Teodolinda Rivera, mientras le revisaba su cuaderno de lenguaje. —Hijita, te veo como ida, como que estuvieras soñando o viajando por los cielos, contando las estrellas. Te olvidas de todo —le llamó la atención su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, un día que Miguelina se olvidó de cumplir una de sus obligaciones diarias más importantes: poner en las jaulas de los guacamayos, loros y chirricleses la comida del día. Sus amigos en la escuela protestaban y se quejaban: —Miguelina está desconocida, ya no es la misma de antes. Está muy seria y ya no quiere jugar con nosotros. Incluso su amiga más querida, Pamelita Apagüeño, le dijo un día con un tono de reproche y tristeza: —Miguelina, siento como si ya hubieras viajado. Ya no te siento como mi querida amiga de otros tiempos. Ella, Miguelina, la niña conversadora y alegre, que siempre abogaba a favor de los humildes, de los pobres y de los indígenas —mujeres, hombres y niños—, ahora estaba en silencio, con su profunda mirada perdida en el vacío y sus grandes ojos pardos ahora convertidos en las ventanas cerradas de su alma.

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