Miguelina

15 comerciantes y viajeros en Londres, mintiendo que los peruanos estamos masacrando a los indígenas en los campamentos caucheros. Ellos, los ingleses, han matado a miles y miles de personas en sus colonias del Asia y del África, sobre todo en el Congo, así que no nos vengan con vainas. Nosotros en nuestra Amazonía hacemos con los indios lo que mejor nos parezca —bramó. —Además, sin látigo los indios no trabajan, y las balas son la única forma de civilizarlos —comentó con sorna e ironía el cauchero Tobías Fonseca, conocido en Yurimaguas y en sus campamentos de los ríos Aypena y Paranapura por sus crueldades como El matarife. —Pero no vayamos a los extremos, tampoco. La vida es la vida y hay que respetarla —terció don Miguel Acosta Sánchez, bajando el tono áspero del diálogo. Como era un domingo de 1899, no había clases en la escuela, y Miguelina estaba en su habitación haciendo sus tareas y jugando con sus muñecas. Toda la conversación entre su padre y sus amigos quedó grabada en su memoria, y esas desgarradoras imágenes de indios, hombres, mujeres y niños, utilizados como blancos de las carabinas Winchester por los caucheros en los días festivos, la perseguirían como pesadillas por el resto de su vida; estaba llorando. Al atardecer, a la hora en que los pájaros del bosque salían a buscar sus alimentos, antes de volver a sus nidos a dormir, Miguelina fue a su huerta sembrada de caimitos, naranjeros, mandarinas, zapotes, mangos, cerezos y otros árboles frutales. Sui-suis, paucares, víctor-díaz y picaflores disfrutaban de las frutas y flores; cantando se despedían del día. «Ustedes no se matan entre sí como los seres humanos. Yo también quisiera ser un pájaro para ser libre y feliz», pensó. Pero una voz secreta, que su madre llamaba conciencia, le hizo recordar que entre las aves también hay peleas y muertes, y a su memoria llegó la imagen de un gavilán atacando el nido de una oropéndola para comerse a sus pichones.

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