14 diaria de las gentes. Se hablaba de ello en el mercado, en el puerto, en las calles, en la escuela y en las fiestas. Todo estaba cambiando en Yurimaguas. El rostro de los hombres y mujeres. La risa de los niños. En las fiestas del pueblo, la Vaca Loca parecía más loca que nunca. Danzaba, daba saltos e intentaba cornear a la multitud que bailaba al compás de tambores, quenas y redoblantes en la festividad de la Virgen de las Nieves, en agosto de cada año. En el hogar de Miguelina, las conversaciones de sus padres, amigos y visitantes siempre se referían a hechos que estaban ocurriendo en la Amazonía, en el Perú y en el mundo. —Hay muy buenas noticias de Europa. Los precios del caucho están subiendo en el mercado de Londres —contó exultante don Miguel Acosta Sánchez a su grupo de amigos congregados en la sala de su casa. —Es cierto. La aduana de Iquitos ha tenido ingresos como nunca: cinco millones de libras esterlinas —agregó don César Calvo de Araujo, próspero cauchero huallaguino. —¡Hay que brindar por estas buenas noticias! ¡Salud! —exclamó don Miguel Acosta Sánchez, levantando su copa de vino Romariz. —¡Salud por nuestra buena fortuna! —exclamaron todos los amigos en coro. —Pero voy a hacer de aguafiestas —interrumpió bruscamente la celebración don Pedro del Castillo del Águila—. Desde Iquitos están llegando noticias inquietantes sobre abusos y crímenes cometidos contra los indígenas en los campamentos caucheros del Putumayo. Nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero entre viajeros, comerciantes y patrones ya circulan rumores de castigos, matanzas y atropellos terribles —agregó. El grupo permaneció mudo por varios minutos. No se escuchaba ni el vuelo de una ronsapa. La primera reacción fue la del cauchero José Benzús, quien, levantando la voz, casi gritando, dijo: —Los ingleses no tienen ninguna autoridad moral para juzgarnos y acusarnos de asesinos. Tal como ya empiezan a decir algunos
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