13 —¡Vamos, Miguelina! —le dijo su madre, interrumpiendo bruscamente su viaje imaginario. Su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, parecía apurada, porque a esa hora de la mañana, muy temprano, llegaban los habilitados, los extractores de caucho con sus bolas de jebe, y ella tenía que estar presente en el gran almacén cuando el administrador, Tadeo Tuanama, hiciera el registro de las entregas. Madre e hija subían desde el puerto de Yurimaguas, en las orillas del Huallaga, con dirección a su casa en La Loma, paso a paso por las cincuenta escalinatas, cuando Miguelina lanzó un grito: —¡Mira, mamita, cómo golpean a ese hombre y a esa mujer! ¡Los van a matar! ¡Los van a matar! —gritó y al pronunciar esta última palabra, empezó a sollozar. Se detuvieron y su madre le apretó la mano. A un costado de la empinada escalera que trepaba desde el puerto a la ciudad, en la vereda de una casucha, un hombre furioso estaba azotando con una rama de huingo a una pareja de indígenas, hombre y mujer, que gemían y lloraban de dolor. —¡Haraganes! ¡No han cumplido su tarea y ahora se morirán de hambre! —gritaba furioso el hombre, sin dejar de azotarlos. —¡Mamita, dile que ya no les azote! —suplicó Miguelina a su madre, entre sollozos. —¡Don Shego, ya es suficiente! ¡Deje de azotarlos! —pidió doña Grimanesa con voz serena pero firme. —Estos indios solo saben trabajar con látigo en mano —respondió don Shego de mal humor, arrojando la rama de huingo al piso, mientras el hombre y la mujer, con gestos de dolor en sus rostros, se tocaban las huellas sangrientas del látigo en sus brazos y piernas. El tiempo corría como el río y los años volaban como las golondrinas. A los doce años, Miguelina ya estaba culminando la escuela primaria y en su casa, en el vecindario y en todo el pequeño pueblo de Yurimaguas, nuevos vientos, nuevas noticias y acontecimientos eran la comidilla
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx