138 —Piensa en cosas bonitas, en los momentos alegres y felices para vencer el cansancio y el miedo —le recomendó Miguelina a Pamelita, mientras ambas sudaban esforzándose en trepar por senderitos en las cada vez más altas montañas de la Cordillera Oriental, mientras que a ambos lados, a la izquierda y a la derecha, los abismos parecían abrir sus bocazas como esperando tragarse a los viajeros. El grupo caminaba en fila india. Adelante marchaban Tobías Pinchi, Elías Ojanama y don Elisbán Apagüeño, el padre de Pamelita. Durante un breve descanso, don Tobías advirtió a los viajeros: —Este es el tramo más difícil de todo el viaje. Al atardecer, llegaremos al nevado de Pishco Huánuna, que quiere decir «donde los pájaros mueren», porque no resisten el frío. En las cercanías del nevado hay una cueva donde los viajeros duermen, allí dormiremos, y muy de temprano saldremos hacia Chachapoyas, a donde llegaremos al atardecer. —Nosotros hemos dormido en esa cueva con mi padre en el viaje de Chachapoyas a Yurimaguas. Hay que hacer una candelada toda la noche, y taparse con todo para no morir congelados —contó Pamelita. Cuando al atardecer llegaron a la cueva, casi muertos de frío, todavía estaban los leños que don Elisbán y Pamelita habían encendido a su paso rumbo a Yurimaguas. Pese a la fatiga, las dos muchachas salieron de la cueva y subieron a una enorme roca para admirar el nevado de Pishco Huánuna. A esa hora de la tarde, el nevado brillaba como una joya cósmica iluminada por el sol del atardecer. De pronto, Miguelina cubrió su rostro con las manos. —¿Qué pasa, Miguelina, el resplandor del nevado te está empañando la vista? —le interrogó alarmada, Pamelita. —No, no estoy empañada, solo estoy llorando porque estoy pensando que en esta montaña donde mueren los pájaros, también puede estar muriendo nuestra amistad —exclamó dramáticamente Miguelina. —¿Por qué dices eso? ¿Por qué? Nuestra amistad durará toda la vida —dijo muy segura Pamelita.
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