Miguelina

139 —No sé por qué siento que después de este viaje nunca más te volveré a ver, porque nuestras vidas van por caminos opuestos, muy diferentes, que en vez de acercarnos nos alejarán definitivamente —dijo casi llorando Miguelina. —No lo creo, querida Miguelinita, nuestros caminos no son opuestos, todo lo contrario, al final se juntarán. Tu camino es la justicia, a través de la ley, de la justicia humana. Mi camino es también la justicia, pero la justicia de Dios, por eso he decidido ser monja. Ahora ya sabes el secreto —confesó Pamelita entre sollozos. —Miguelinita, Pamelita, ¿dónde están? —preguntó doña Grimanesa, acercándose a la gran roca donde ambas amigas se despedían para siempre. Cuando doña Grimanesa les dio alcance en la roca que tenía la forma de un huevo de dinosaurio, Miguelina y Pamelita todavía lloraban, abrazadas. —Sé lo que les pasa, sé lo que sienten. La vida y el destino del ser humano son así, nos unimos y nos separamos —dijo con voz emocionada y se abrazó a ambas, y caminaron hacia la cueva donde los leños crepitaban, calentando el upe para la cena. Esa noche, pese al frío y a la incomodidad de dormir en la cueva entre las piedras, Miguelina tuvo un sueño maravilloso. Soñó que estaba en la cumbre nevada del Pishco Huánuna y, desde esas alturas, podía mirar todo el Perú: la Amazonía, los Andes y la Costa. Súbitamente, una voz humana, que ella reconocería muchos años después, le dijo: «Tú subirás y crecerás a alturas más altas que esta montaña, porque tu vida estará dedicada a luchar para alcanzar la cumbre más alta del destino del ser humano: la justicia».

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