Miguelina

137 —Don Tobías y don Elías, dejo en las manos de Dios y de ustedes la seguridad y hasta la vida de mi esposa, de mis hijos y la de Pamelita, que se quedará en Chachapoyas —expresó don Miguel con la voz grave y los ojos húmedos, abrazando y besando a su esposa, a Miguelina, a sus hijos varones, y también a Pamelita. —¡Feliz viaje, pronto nos veremos! Ahora mismo voy al paradero a buscar a otros viajeros para regresar a Yurimaguas —y diciendo estas últimas palabras se fue alejando, seguido por las miradas tristes de todos los viajeros. Casi al anochecer, luego de cuatro horas de recorrer una trocha que bordeaba al gran cerro de Calzada, una alta montaña verde que sobresalía en la llanura del valle, llegaron a la ciudad de Rioja. —Aquí pasaremos la noche, doña Grimanesa. Yo conozco un albergue de un amigo que nos puede alojar —dijo don Tobías Pinchi, y se dirigieron a la casa de don Raúl del Águila, quien los recibió con los brazos abiertos e, incluso, les invitó una cena con juanes y sopa inchicapi. —Don Raúl, por favor, nos alerta a las cuatro de la mañana, porque tenemos que salir temprano para ganar tiempo —le pidió doña Grimanesa. Antes de dormirse, doña Grimanesa aprovechó el tiempo para hablarles a sus hijos y a Pamelita sobre Julio César Arana del Águila: —Aquí, en esta ciudad de Rioja, ha nacido el mayor cauchero de la Amazonía, Julio César Arana del Águila, conocido en todo el mundo como «el rey del caucho», tanto por su riqueza, como también por los abusos que se habían cometido en sus campamentos de extracción del látex —les contó doña Grimanesa. Miguelina empezó a recordar todas las historias que había leído, y también escuchado, sobre los crímenes que se cometieron en los campamentos caucheros de Arana del Águila, en La Chorrera y en El encanto, en el Putumayo y en sus afluentes. Con el sueño también le llegaron las pesadillas y su madre, doña Grimanesa, juró no contarle más historias de Julio César Arana del Águila, sobre todo en las noches.

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